viernes, 14 de julio de 2017

Ante la poesía ( adaptación kafkiana)



Ante la poesía hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la poesía. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la poesía está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la poesía debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pana, su nariz grande y aguileña, su barba de chivo,y su título de doctorado en el exterior decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la poesía. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su bufanda, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la poesía. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la poesía -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

FIN
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jueves, 13 de julio de 2017

Masonería, rituales, mitos y positivismo



Incluso si sólo los sostiene la credulidad de las personas, hay algo esencial y poderoso en los mitos, por el simple hecho de ser artefactos de fe para miles de personas. Aún más allá, comprenderlos como estructuras narrativas fue lo más revelador de todo lo que aprendí en la universidad. Al respecto el positivismo sólo nos ofrece una “conciencia de la negación” que me impide la comunicación simbólica con aquellos que comparten la conciencia del mito. Ello implica que no tiene mucho sentido la frase “dios ha muerto” si los hombres le siguen manteniendo vivo a través del ritual. Aislado de lo simbólico, el positivismo sólo puede especular desde el exterior en la absoluta soledad (y como ateo, comparto con tristeza parte de esa soledad) Hace algunos años la lectura de Levis-Strauss se me mezcló con ciertas enseñanzas de la masonería, pues dentro de las logias no importa el contenido intimo que le des al símbolo, si no el respeto (o valor ritual) que sientas por el significado que le den otros y por la capacidad de compartir un valor común que supere cualquier confrontación. Comparto con otros un valor supremo (el lugar que para mí ocupa la razón bien puede ocuparlo para ti Dios, y ello no impide que nos pongamos deacuerdo, o en otras palabras, deberíamos estructurar nuestra comunicación de tal modo que esos dos principios superiores no entren en confrontación)

Pero existe una distancia infranqueable entre este ideal y la vida común... 
La masonería bien podría ser una religión laica en su utilización de los símbolos y los mitos. Y con religión me refiero a la utilización psicológica de los símbolos para fortalecer la vida común de las personas. Las religiones para mí son apropiaciones íntimas del poder de los símbolos narrativos en los mitos. Los mitos, construidos por la narrativa, poseen tótems que a través de un vínculo emocional le ofrecen “poder psicológico” a las personas. El mito de Jesús consuela a quienes creen en él, ese es su valor más importante. Negar su capacidad de consuelo es arrancarle  por completo su significado. 

Para mí el epicentro del liberalismo político se encuentra en la masonería, y de esa consciencia deriva mi admiración por la orden. Sin embargo, en los últimos años no he hecho más que confrontarme a mí mismo con toda la artillería de mi ocio y mis lecturas.  Lo que busco es mi posición en el mundo, y mi primer movimiento es confrontar con dureza todo aquello que el mundo hizo de mí. Y en mis convicciones políticas  la masonería tuvo un poder excepcional. 

En otras palabras, en este instante no me aferro a ninguna convicción. Todo para mí (y dentro de mi) está cuestionado y en constante confrontación. 

Cuando en sus requisitos de enlistamiento la masonería exige la consciencia  y el respeto por un principio superior, pareciera en realidad no cerrarle la puerta a los ateos, si no a los nihilistas. Por ello mi propio nihilismo ha llegado a entristecerme. Es más, a veces pareciera que el nihilismo en sí es mi principio superior. 

Pero soy muy consciente de que  el nihilismo no puede durar para siempre. La vida de otro modo sería insostenible ( Y no estoy completamente seguro de esta afirmación)

Sin embargo (y en lo que respecta en mi papel en la sociedad) no desestimo en lo absoluto el valor de los rituales y la importancia en la comunicación e interacción de las comunidades. El mayor problema del ateísmo es que lejos de la academia no cuenta con canales de vínculo entre los individuos, y por ahora, aunque la academia y la ciencia procuren crear comunidades, no hay verdaderos valores colectivos que creen identidades comunitarias. A medida que envejezco pierdo interés en mis pasiones juveniles (la música y la literatura son excelentes excusas para crear comunidades laicas, pero tengo muy poco interés en interactuar con gente usándolas como excusas) Yo mismo he decidido respetar ciertos rituales y ciertos mitos por su incalculable valor narrativo, y por su efectividad para conmoverme y crearme sensaciones profundas. 

 Todo lo que tenga que ver con los muertos, con los ritos funerarios y por tanto con la memoria y como la sociedad de manera íntima asume la mortalidad. En cierto sentido, los ritos funerarios reflejan como confrontamos la desaparición de la individualidad con la memoria y el olvido. Al respecto creo que hay más verdad en ellos que en la psicología y el psicoanálisis, doctrinas demasiado jóvenes como para ser juzgadas con severidad. 

Tengo poca habilidad para comunicarme con las comunidades laicas (la academia, los hobbies, los clubs temáticos e incluso la difusión científica o literaria)  pues en ellas ciento una falta de honestidad, compromiso y autenticidad. 

Siento dentro de mí una poderosa nostalgia por el valor tribal de las comunidades pequeñas, y de las logias. 

Esta nostalgia es un completo contrasentido. Las comunidades pequeñas también poseen su propia dosis de veneno, pero es la nostalgia la que con el tiempo lo vuelve invisible. 

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sábado, 24 de junio de 2017

Ampliación del campo de Batalla - Capítulo 3 ( fragmento)



Ha pasado lentamente; me he ido alejando de la música. Mi último intento fue en el 2015, en una banda que tenía con estudiantes de la U católica, pero luego de tomar distancia de ellos colgué la guitarra de manera casi definitiva. Aunque escucho música todos los días me funciona más como ruido de fondo (un ritual insípido de distanciamiento conmigo mismo) y hacerlo ya no tiene el efecto analgésico y espiritual que tenía antes. Sigo temiéndole al silencio y por eso me alejo de él, casi tanto como le temía en mi infancia, pero ya no hay ningún maquillaje en ese temor, ni tampoco esquirlas metafísicas que me obliguen a justificar mi insensibilidad. Es la primera vez que me enfrento desarmado a una crisis depresiva (comenzó hace unas dos o tres semanas tras el asesinato de un hombre al que no conocí afuera de mi trabajo) pero tengo como ventaja una larga lista de crisis superadas, siempre de la manera más digna posible. Conozco mejor mis síntomas, sus señales y su significado. He entendido que la disminución en el gusto musical también la acompaña una disminución en la capacidad de sentir placer y en la capacidad (por extraño que parezca) de la concentración. Me sobreviven gustos delicados, un poco fríos, el que más destaco es Preisner, y algunos rezagos de new Age. En algún momento dejé de leer (pasé unos dos o tres años sin terminar ningún libro) pero me he repuesto de esa forma de insensibilidad, por fortuna. En general, me he alejado de la plenitud y potencia de las pasiones. 

Desapasionarse parece lógico.  Sospecho que no lo es. Más cuando se supone quieres vivir del arte, así sea de la aproximación más distante y contemplativa posible.  Leí este libro en el 2011 o 2012 y recordé en él mi fascinación por Houellebecq ¿de qué me sirve ahora? Por alguna razón saber que otros sufrieron lo que sufro me reconforta. Él recorrió esta misma depresión, esta misma sensación oscura, y sobrevivió a lo que pensé en algún momento me mataría.

Sin embargo no hay una guía en sus palabras, apenas y un testimonio. Las normas de la supervivencia las determina cada organismo que decide seguir viviendo, con sus propias manos. No hay mapas en este campo de batalla, ni recorridos recomendables. No es inútil sin embargo ( todo lo contrario)  su lectura.


 Capítulo 3



   La dificultad es que no basta exactamente con vivir según una norma. De hecho consigues (a veces por los pelos, por los mismos pelos, pero en conjunto lo consigues) vivir según la norma. Tus impuestos están al día. Las facturas pagadas en su fecha. Nunca te mueves sin el carnet de identidad (¡y el bolsillito especial para la tarjeta VISA!...).

   Sin embargo, no tienes amigos.

   La norma es compleja, multiforme. Aparte de las horas de trabajo hay que hacer las compras, sacar dinero de los cajeros automáticos (donde tienes que esperar muy a menudo). Además, están los diferentes papeles que hay que hacer llegar a los organismos que rigen los diferentes aspectos de tu vida. Y encima puedes ponerte enfermo, lo cual conlleva gastos y nuevas formalidades.

   No obstante, queda tiempo libre. ¿Qué hacer? ¿Cómo emplearlo? ¿Dedicarse a servir al prójimo?
Pero, en el fondo, el prójimo apenas te interesa. ¿Escuchar discos? Era una solución, pero con el paso de los años tienes que aceptar que la música te emociona cada vez menos.

   El bricolaje, en su más amplio sentido, puede ser una solución. Pero en realidad no hay nada que impida el regreso, cada vez más frecuente, de esos momentos en que tú absoluta soledad, la sensación de vacuidad universal, el presentimiento de que tu vida se acerca a un desastre doloroso y definitivo, se conjugan para hundirte en un estado de verdadero sufrimiento.

   Y, sin embargo, todavía no tienes ganas de morir.

   Has tenido una vida. Ha habido momentos en que tenias una vida. Cierto, ya no te acuerdas muy bien; pero hay fotografías que lo atestiguan. Probablemente era en la época de tu adolescencia, o poco después. ¡Que ganas de vivir tenias entonces! La existencia te parecía llena de posibilidades inéditas. Podías convertirte en cantante de variedades; o irte a Venezuela.

   Más sorprendente aun es que has tenido una infancia. Mira a un niño de siete años que juega con sus soldaditos en la alfombra del salón. Te pido que lo mires con atención. Desde el divorcio, ya no tiene padre. Ve bastante poco a su madre, que ocupa un puesto importante en una firma de cosméticos. Sin embargo juega los soldaditos, y parece que se toma esas representaciones del mundo y de la guerra con vivo interés. Ya le falta un poco de afecto, no hay duda; ¡pero cuanto parece interesarle el mundo!

   A ti también te interesó el mundo. Fue hace mucho tiempo; te pido que lo recuerdes. El campo de la norma ya no te bastaba; no podías seguir viviendo en el campo de la norma; por eso tuviste que entrar en el campo de batalla. Te pido que te remontes a ese preciso momento. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Acuérdate: el agua estaba fría.

   Ahora estas lejos de la orilla: ¡ah, si, que lejos estas de la orilla! Durante mucho tiempo has creído en la existencia de otra orilla; ya no. Sin embargo sigues nadando, y con cada movimiento estas mas cerca de ahogarte. Te asfixias, te arden los pulmones. El agua te parece cada vez más fría, y sobre todo cada vez mas amarga. Ya no eres tan joven. Ahora vas a morir.

 No pasa nada. Estoy ahí. No voy a abandonarte. Sigue leyendo.

   Vuelve a acordarte, una vez más, de tu entrada en el campo de batalla.



Michel Houellebecq

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