Carta abierta al docente Miguel Trujillo, en Garzón Huila.





La discusión en nuestro departamento entre el laicismo y la religión es mucho más antigua que nosotros, y mucho me temo que nos sobrevivirá.

Y para revivir la discusión ha elegido el pueblo más conservador del Huila. No en vano, Monseñor Esteban Rojas lo eligió para erigir la diócesis que controlaría la feligresía del sur del departamento, colocando allí el pequeño castillo feudal propiedad del obispo local que vigila eficientemente las parroquias del sur. Nada en el Huila se mueve sin que en Garzón se sienta, dirían los abuelos. Rojas fue un protagonista importante en la construcción del Huila tal y como hoy lo conocemos, no sólo en su división territorial, si no en su absoluta convicción conservadora. Con una violenta tenacidad y un espíritu pedagógico inquebrantable, combatió las ideas del liberalismo y las amenazas del enciclopedismo a través del sermón y la escritura. Los colegios mixtos, la educación igualitaria para las mujeres, la unión marital entre el Estado y la iglesia, todas estas fueron sus batallas, y en su momento, con la biblia y la espada, triunfó en todas. Sólo el progreso inevitable del tiempo pudo hacer retroceder su fantasma, y por eso hoy entendemos o mejor aún, suponemos su fracaso. Pero fue el mundo el que cambió al Huila, y no al revés. El Huila cambió a regañadientes, muy a pesar de sí mismo. 

Hablar del Huila, en muchos aspectos, es hablar de la premodernidad, y a veces del medioevo. Puede que los estudiantes accedan a internet, vean youtube o tengan a su disposición toda la tecnología que tiene un muchacho de cualquier otro lugar, pero sus imaginarios son completamente premodernos. Su cosmología es diminuta, blanca y negra, con un dios arriba y un demonio abajo. Lo mismo sucede en otros lugares de Colombia, en mayor o menor medida. Pero no podemos señalar la anacronía sin señalarnos también a nosotros mismos, pues somos hijos de esa atemporalidad, de esa disonancia. La tarea de acusar la religión, de atacarla con esperanzas de redención social, o de defenderla con violencia, es absolutamente premoderna. Desde Bogotá la idea de que un  profesor sea acusado de satanismo por llevar un libro de Carl Sagan bajo el brazo es  muy graciosa, pero estoy seguro de que no lo es en su posición. Su vida profesional está en juego. Desde luego que  puede acudir a las instituciones civiles para defender su derecho al trabajo y su lugar en Garzón, pero es evidente que su vínculo con la comunidad está roto, y que esto sólo hará su vida laboral imposible de ahora en adelante. Temo que no sea consciente de eso. Precisamente por eso he sentido la obligación de escribir esta carta.

Es casi gracioso leer hoy en día los argumentos de Monseñor Esteban Rojas, sus columnas, sus diatribas en su diario privado, la voz del vaticano, que estuvo circulando hasta entrados los años setenta. Sin embargo,  persiste en la mayoría de huilenses algo de su ideología. El Huila es un departamento católico acérrimo,  y sólo las sectas cristianas, muchas veces aún más radicales que el catolicismo, han podido mellar la hegemonía católica. En Pitalito he visto como profesores católicos discriminan a estudiantes de otras sectas cristianas sin que nadie pueda decir absolutamente nada. Es lo normal; la suya, según palabras de la mayoría de gente, no es la verdadera religión, y por eso merecen la censura social. En el hospital municipal, señoras rezanderas muy católicas van de habitación en habitación rezando por los enfermos, pero cuando encuentran a alguien de otra religión, optan por descalificar e insultar sin importarles  un comino el dolor del enfermo o de la familia. Peor aún, como en nuestro caso, cuando pecamos por ser ateos, o agnósticos, el menosprecio es más pesado, y la descalificación peca de excesiva. El ateísmo es la peor injuria, diría un viejo profesor mío. La mayor ignorancia.

Los grandes liberales de la historia del departamento (subrayo a Anselmo Gaitán a Reinaldo Matiz, dos figuras que me obsesionaron en mi juventud y que admiré durante mucho tiempo)  optaron por un enfrentamiento directo, frontal, y murieron en el intento. Mal que bien el Huila los olvidó, y sólo los mencionan los que escarban la historia. Esteban Rojas, que tuvo la destreza de crear procesos educativos (es recordado coloquialmente por llevar su evangelio en una mula para educar a los “indios ignorantes”) es recordado con devoción, con respeto. Puede decirse que en algún momento de la historia es válido revivir la confrontación Religión/laicismo y poner el tema sobre la mesa, para alegría de la prensa amarillista y los polemistas, pero en realidad, la confrontación directa es relativamente inútil. No cambias los problemas de la sociedad atacándolos directamente, sobre todo si son de índole religioso o cultural. No es cobardía posponer el tema, relegarlo a un segundo plano, o hacerlo de un modo más sutil, menos agresivo. Es perfectamente válido hablar a los estudiantes de Carl Sagan y la cosmología moderna sin mencionar siquiera la religión. He subrayado en esta carta el papel de Esteban Rojas porque fue capaz de crear procesos educativos e ideológicos que aún perduran. No fueron precisamente sutiles, pero sin duda, fueron mucho más efectivos que cualquier intención pedagógica del clásico liberalismo huilense.

Incluso es posible un vínculo real de empatía entre usted y los padres de sus alumnos. Sobretodo cuando se comprende el contexto vital, el papel que la religión cumple en la existencia de las personas. En muchas ocasiones la función de apoyo emocional de la religión es tan grande que las personas se desvanecen sin ese soporte en su psicología. Y podemos, con la ciencia, explicar el mundo, explicar el universo, explicar el origen de la vida y hacernos preguntas fundamentales, importantes, maravillarnos, pero no podemos ofrecer consuelo. El consuelo es algo que sólo el amor y la religión pueden ofrecer, y el amor, a diferencia de la religión, no está a disposición de cualquiera. Es  absolutamente falsa la promesa de la religión de que la verdad nos haga más libres, o simplemente más felices

Reciba un fraternal saludo de mi parte, y mi apoyo a su discusión local, siempre y cuando logre mantenerse en el ámbito del Respeto.

Atentamente

Oscar M Corzo.

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