martes, 20 de septiembre de 2016

El Wendigo





En 1958 el antropólogo estadounidense Malvin Harris asignó el término “psicosis del Wendigo” para describir los impulsos criminales sobre el consumo de carne humana. Harris extrajo el concepto de la mitología de los pueblos algonquinos precolombinos, que habitaron la región de los Grandes Lagos entre Estados Unidos y Canadá.  El mito ya había sido estudiado por Carl Gustav Jung cuando buscaba un objeto mitológico que definiera el arquetipo del antropófago, y concluyó que aunque en la mayoría de pueblos amerindios existe una criatura monstruosa relacionada con el consumo de la carne humana, el mitema es en realidad exclusivo de América y tiene muy pocas referencias en otros continentes.

 Para los aborígenes norteamericanos, el Wendigo es una deformación del ser humano que ha cometido el pecado de la antropofagia.  Este mito cobraba importancia pedagógica durante los inviernos más duros, donde la caza escaseaba y la agricultura era nula, pues para los algonquinos el canibalismo era un tabú inquebrantable. Los wendigos suelen ser descritos como humanoides enormes, malévolos y adictos a la carne humana, que vagan por los bosques y cuyo poder como espíritus naturales se incrementa con el invierno, las hambrunas y la escasez.

En Mesoamérica tenemos muchísima información sobre del canibalismo ritual.  En el folio 43 del Códice Magliabechiano (perteneciente a la cultura azteca)  destaca una imagen donde nueve personas comparten los despojos de un ser humano, liderados por una criatura cuya fisionomía es muy similar al wendigo algonquino. Para los estudiosos, la figura en la imagen se llama Itzpapálotl, cuyo nombre significa “mariposa de obsidiana” Itzpapálotl es una criatura de género femenino, con forma de esqueleto huesudo,  cuernos y calavera como rostro y garras de jaguar.

Este aspecto común reincide en distintas mitologías de todos los rincones de América. La relación entre la criatura y las hambrunas también es reincidente. Para los aztecas y los mayas, el canibalismo también estaba atado al vigor en la guerra y la destreza en el combate. En plena batalla, los guerreros exhaustos abrían a su contendiente y devoraban exclusivamente su corazón, para adueñarse de su espíritu de lucha.

Quiero destacar una diferencia importante entre los mitos tratados; para los algonquinos el Wendigo es un mito pedagógico que convierte en tabú el consumo de carne humana, mientras que para la cultura mesoamericana institucionalizó y le dio un sentido ritual al canibalismo.

Sin embargo, existen diferencias de fondo que deben separar el canibalismo por necesidad (históricamente ocasional)  el sacrificio humano ( practicado en casi todas las culturas antiguas) y que en el caso de los aztecas, Fray Bartolomé de las Casas catalogó como “signo de gran religiosidad” y el asesinato ritual en el sacrificio, que incluso fue celebrado en Roma hasta el 97 a.c .Sin embargo, es significativo que el canibalismo fuese tabú para los pueblos más allá del trópico de cáncer y que fuese practicado con cierta libertad por los pueblos por debajo de la misma línea.

La función del mito algonquino nos indica que hay una tendencia natural al canibalismo que debe ser censurada pues pone en peligro la supervivencia total de la tribu. Es fácil especular que esta condición resaltó la debilidad demográfica de un pueblo sometido constantemente a duros inviernos y agricultura decaída. Por tanto, el mito procura evitar la extinción de una población. Más al sur, los anasazi practicaron el canibalismo con cierta constancia. Mucho más numerosos, prolíficos y guerreros que los algonquinos, se encontraron signos reiterativos de rituales religiosos en el siglo XIX que incluían el consumo de carne humana.

Pese a las diferencias, existe un punto en común; el vigor. El Wendigo es la personificación de la violencia, de la gula. Aquellos que devoraban el corazón de sus enemigos querían vigor y capacidad de guerra. La palabra caníbal está íntimamente relacionada a la palabra Caribe desde el segundo viaje de Cristóbal colón. El fuerte Navidad, dejado por Colón en su primer viaje a  Centroamérica, fue devorado por los “Caribe” según relatan sus propias notas personales. 39 personas fueron devoradas, dejando a su paso emplazamientos donde habían piernas, manos y cabezas sobre hogueras de asado.  Pero ¿qué significaba para los caribe el consumo de carne humana? Para Harris la antropofagia era una consecuencia de la ausencia de rebaños o grandes presas de caza. Los estudios posteriores de ADN demostraron que las tribus caníbales viajaban a zonas aledañas para conseguir presas. Es decir, no consumían a los suyos, sino a los extraños. No había necesidad de un Wendigo que sirviera de advertencia. El wendigo en Centroamérica era por sí mismo un estado deseado de lucha.

En la novela “Viento seco” de 1953, el escritor Daniel Caicedo trató el tema del canibalismo en el conflicto colombiano encarnándolo en uno de sus villanos, un militante conservador llamado “La hiena” que arrancaba el corazón de sus víctimas y luego lo devoraba, en medio de un pequeño ritual de influencias indígenas y santeras. Siendo los pájaros radicales conservadores y fanáticos cristianos, es muy difícil imaginar una tolerancia semejante a un comportamiento en sus filas—aunque la carnicería no les fuese extraña en ningún sentido— pero puede que la constancia y simultaneidad de los rumores tengan un significado que va más allá de lo demostrable históricamente. Otros rumores constantes se han encontrado en las narraciones contemporáneas sobre el paramilitarismo, de las que sólo una historia ha podido confirmarse hasta el día de hoy, la de William Gutiérrez Saldaña, alias ‘Llanero’, jefe paramilitar del Meta, que en el 2003 cocinó y devoró junto a sus cómplices el cuerpo de dos miembros de otra banda criminal. La naturalidad de este caso, su grabación en video y la naturalidad del testimonio hicieron creer a los investigadores que no fue el primer caso en el que participó alias el Llanero.

Ni en la década de los 40, ni en el año 2003, existen evidencias de escasez de presas de casa, rebaños o similares. El canibalismo contemporáneo no tiene una explicación matemática. Puede que tampoco la ecuación que relacione  causa y consecuencia tampoco exista para los aztecas y los anasazi, salvo una posibilidad; los rituales religiosos que hoy llamaríamos magia negra.  

La explicación ritual, más oscura  pero menos documentada, es extremadamente visible en el caso de alias el Llanero. Según informes de la fiscalía documentados por semana.com, alias el Llanero fue discípulo desde los once años de alias Cuchillo, otro jefe paramilitar con fama de descuartizador, que usaba a la abuela de alias el Llanero como hechicera personal.

Frente a todas las explicaciones irracionales para explicar el comportamiento del Llanero, la que menos irracional me resulta es la de brujería. En esta explicación confluyen todos los mitos tratados. El corazón de las víctimas “fortifica”, “revitaliza” dice Caicedo hablando de la Hiena. ¿Es la brujería el conector entre el canibalismo y el paramilitarismo?  El libro “Magia, brujería y violencia en Colombia" del antropólogo Carlos Alberto Uribe lleva los orígenes de la brujería a la guerra colombiana a tiempos incluso previos a la violencia partidista. Rituales antiquísimos, sincretismo religioso y fanatismo hacen parte importante del conflicto colombiano. En todo este arcoíris de tonos oscuros se encuentran elementos de antropofagia latentes, comentados, murmurados, debatidos pero  muy poco documentados.

Jung escribió en 1936 Wotan, un polémico ensayo donde insinuaba que Hitler encarna el arquetipo del dios Wotan, representante y cuerpo físico de un espíritu colectivo que afloró en el nacionalsocialismo y que consumió Europa. El dios errante, el murmullo del bosque virgen, el dios cazador fueron los símbolos que Jung utilizó para afirmar que Wotan era un arquetipo germánico y  que Hitler era su representación. 

Los arquetipos son representaciones simbólicas que se encuentran en el inconsciente colectivo. decir que Hitler era la encarnación del Wotan es decir que hay algo de Hitler en toda la sociedad que lo rodeó. Él canalizó aquella pulsión y la materializó. Él fue un exégeta del espíritu de la destrucción que Wotan simbolizaba.

En la misma lógica, el paramilitarismo, sus oscuras ambiciones y características, todas sus sombras confluyen en Alias el Llanero, encarnación del arquetipo del Wendigo. 


Share:
continúe leyendo →

domingo, 11 de septiembre de 2016

Algunas ideas sueltas sobre el proceso de paz.



Alguna vez leí una columna de Abad Faciolince con un postulado similar a este; 220 mil muertos son en realidad pocos para 50 años de guerra. Nuestro conflicto puede catalogarse como de “baja intensidad” además, el país no ha sido afectado uniformemente, en cambio, la ideología del conflicto si ha sido uniforme gracias al gobierno de Álvaro Uribe (que obligó a casi la totalidad de los colombianos a  tomar partido, con un ánimo visceral, de un modo u otro)

El conflicto ha permitido que el Estado colombiano padezca de múltiples malformaciones que se han agravados gracias a un estado de sitio permanente. Muchos políticos han usado esto como excusa para extralimitarse sin ser repudiados por sus votantes.

Como N político promete solucionar el problema Z (principal) aceptamos que contribuya o genere el problema Y (que consideramos secundario)

Hasta ahora, no hemos entendido la corrupción como una forma de violencia, debido a que padecemos violencias que suponemos peores.

Desde la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, los nuevos liderazgos han sido pocos y los apellidos presidenciables han sido reincidentes. Un efecto secundario de la oligarquía es que gran parte de los ciudadanos ven al Estado como un negocio externo a ellos del que otros se aprovechan. La única forma de interactuar con él es aprovecharse también, cuando existe la oportunidad.

Esto ha legitimado la corrupción en el pensamiento popular, y por tanto la inoperancia del Estado, que a su vez incrementa la sensación de separación entre ciudadano – Estado.

¿En qué puede ayudarnos el acuerdo de paz para interrumpir este bucle infinito? En que purificará las discusiones políticas. Podríamos discutir temas distintos a la guerra, las FARC, el gasto militar y otras guerrillas. En realidad eso implica: apenas y nos libraremos de uno de nuestros problemas.

A puertas de una reforma tributaria, sería bueno pensar en una optimización del estado en el pos-posconflicto, empezando por una reducción  natural del gasto militar y la disminución y progresiva desaparición del apoyo financiero y logístico a las víctimas.


Algo bueno del plebiscito; se ha escuchado  muchas veces la expresión “ no quiero que hagan eso con MI DINERO” cosa jamás escuchada antes en este país.

220,000 muertos en cincuenta años son pocos para suponer que la sociedad colombiana pueda sentir que ha tocado fondo, o para afirmar que los 48 millones de habitantes han sentido de algún modo los efectos del conflicto. En comparación, otras naciones golpeadas por la guerra han buscado de un modo u otro el exterminio total del contrario, lo que los lleva a tomar conciencia más rápidamente y recapacitar sobre las formas ideales de lucha—Esto hace parte del razonamiento de Faciolince

A pesar de la mezquindad del argumento, últimamente no me resulta descabellado, sobre todo al escuchar argumentos del NO.

Por otro lado, entiendo que los defensores del No piensan que es posible una derrota total militar a las FARC transcurrido x cantidad de tiempo,  y el costo de ese tiempo no les parece relevante.

Esta ecuación requiere de un acto de fe, en mi opinión, desproporcionado ( las estadísticas son su principal enemigo)

Allí viene de nuevo el problema de la poca uniformidad de los costos. Cuando una familia sufre una extorsión, y este es su único efecto negativo del conflicto, es lógico que sólo quiera redimir su cuota de injusticia y este daño no les parezca político. De un modo que podría catalogar de enfermizo, el conflicto de baja intensidad ha permitido que la sociedad se acomode a él, al punto que la vida militar es considerada una de las fuentes más estables de sostenimiento.  Mientras algunos batallones del país son hostigados y los militares corren peligro constantemente, hay otros donde pueden vivir holgadamente. 

Es como la lotería, diría una madre de barrio.

El contribuyente acepta de buena gana que un tercio de lo que contribuye al  país se destine a la guerra. Es, de hecho, el porcentaje que más le enorgullece, pues tiene la certeza de que los otros dos tercios serán robados o desperdiciados.

¿Será posible pensar nuestra situación sobre los acuerdos de paz sin partir de ningún punto de vista ideológico?

Supongo que ahí está mi primer error; juzgar el proceso sin ideología es ya tomar un partido. Razonar los argumentos es también tomar parte, pues uno de los bandos ha elegido un punto de vista lleno de prejuicios y criterios religiosos. Razonar con un prejuicio es prácticamente imposible.

Tampoco quiero penalizar el prejuicio, que aunque útil socialmente resulta inútil en la política. Sin embargo, acepto cierta equivalencia entre el acto de fe que implica que las FARC actúen bien, y el prejuicio que implica la certeza de que actuarán mal.

Para la religión cristiana, la negociación con el mal no tiene sentido, y puede catalogarse como corrupción. Sin embargo, hay ciertos elementos en la religión (como el perdón, el arrepentimiento y la confesión)  que pueden ser útiles para salir de este problema.

Uno de los argumentos más importantes: (en mi opinión) una buena parte de los políticos que defienden el NO se han enriquecido gracias al conflicto. Temen las reformas del acuerdo pues saben que afectarán duramente sus negocios (ej: Lafourie y Cabal) Estos políticos, como es natural, no tienen otra alternativa más que inyectar mentiras a la discusión.

No sé si tomarme en serio la discusión sobre la justicia, pues como colombianos, estamos perfectamente acostumbrados a su inoperancia. Uribe ya demostró de amnistiar a 30 mil delincuentes y no exigirles nada a cambio disminuye los indices de violencia. Muchísimos ex paramilitares han sabido aprovechar muy bien su segunda oportunidad. Yo he conocido varios ejemplos.

¿Y la amenaza del chavismo? que el chavismo se transforme en amenaza y no exista la guerrilla es lo mejor que le podría suceder a este país. A lo mejor, para evitar que suban al poder, los políticos tradicionales tengan que trabajar por los colombianos y no para ellos mismos, al menos por una vez.
Share:
continúe leyendo →