domingo, 11 de septiembre de 2016

Algunas ideas sueltas sobre el proceso de paz.



Alguna vez leí una columna de Abad Faciolince con un postulado similar a este; 220 mil muertos son en realidad pocos para 50 años de guerra. Nuestro conflicto puede catalogarse como de “baja intensidad” además, el país no ha sido afectado uniformemente, en cambio, la ideología del conflicto si ha sido uniforme gracias al gobierno de Álvaro Uribe (que obligó a casi la totalidad de los colombianos a  tomar partido, con un ánimo visceral, de un modo u otro)

El conflicto ha permitido que el Estado colombiano padezca de múltiples malformaciones que se han agravados gracias a un estado de sitio permanente. Muchos políticos han usado esto como excusa para extralimitarse sin ser repudiados por sus votantes.

Como N político promete solucionar el problema Z (principal) aceptamos que contribuya o genere el problema Y (que consideramos secundario)

Hasta ahora, no hemos entendido la corrupción como una forma de violencia, debido a que padecemos violencias que suponemos peores.

Desde la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, los nuevos liderazgos han sido pocos y los apellidos presidenciables han sido reincidentes. Un efecto secundario de la oligarquía es que gran parte de los ciudadanos ven al Estado como un negocio externo a ellos del que otros se aprovechan. La única forma de interactuar con él es aprovecharse también, cuando existe la oportunidad.

Esto ha legitimado la corrupción en el pensamiento popular, y por tanto la inoperancia del Estado, que a su vez incrementa la sensación de separación entre ciudadano – Estado.

¿En qué puede ayudarnos el acuerdo de paz para interrumpir este bucle infinito? En que purificará las discusiones políticas. Podríamos discutir temas distintos a la guerra, las FARC, el gasto militar y otras guerrillas. En realidad eso implica: apenas y nos libraremos de uno de nuestros problemas.

A puertas de una reforma tributaria, sería bueno pensar en una optimización del estado en el pos-posconflicto, empezando por una reducción  natural del gasto militar y la disminución y progresiva desaparición del apoyo financiero y logístico a las víctimas.


Algo bueno del plebiscito; se ha escuchado  muchas veces la expresión “ no quiero que hagan eso con MI DINERO” cosa jamás escuchada antes en este país.

220,000 muertos en cincuenta años son pocos para suponer que la sociedad colombiana pueda sentir que ha tocado fondo, o para afirmar que los 48 millones de habitantes han sentido de algún modo los efectos del conflicto. En comparación, otras naciones golpeadas por la guerra han buscado de un modo u otro el exterminio total del contrario, lo que los lleva a tomar conciencia más rápidamente y recapacitar sobre las formas ideales de lucha—Esto hace parte del razonamiento de Faciolince

A pesar de la mezquindad del argumento, últimamente no me resulta descabellado, sobre todo al escuchar argumentos del NO.

Por otro lado, entiendo que los defensores del No piensan que es posible una derrota total militar a las FARC transcurrido x cantidad de tiempo,  y el costo de ese tiempo no les parece relevante.

Esta ecuación requiere de un acto de fe, en mi opinión, desproporcionado ( las estadísticas son su principal enemigo)

Allí viene de nuevo el problema de la poca uniformidad de los costos. Cuando una familia sufre una extorsión, y este es su único efecto negativo del conflicto, es lógico que sólo quiera redimir su cuota de injusticia y este daño no les parezca político. De un modo que podría catalogar de enfermizo, el conflicto de baja intensidad ha permitido que la sociedad se acomode a él, al punto que la vida militar es considerada una de las fuentes más estables de sostenimiento.  Mientras algunos batallones del país son hostigados y los militares corren peligro constantemente, hay otros donde pueden vivir holgadamente. 

Es como la lotería, diría una madre de barrio.

El contribuyente acepta de buena gana que un tercio de lo que contribuye al  país se destine a la guerra. Es, de hecho, el porcentaje que más le enorgullece, pues tiene la certeza de que los otros dos tercios serán robados o desperdiciados.

¿Será posible pensar nuestra situación sobre los acuerdos de paz sin partir de ningún punto de vista ideológico?

Supongo que ahí está mi primer error; juzgar el proceso sin ideología es ya tomar un partido. Razonar los argumentos es también tomar parte, pues uno de los bandos ha elegido un punto de vista lleno de prejuicios y criterios religiosos. Razonar con un prejuicio es prácticamente imposible.

Tampoco quiero penalizar el prejuicio, que aunque útil socialmente resulta inútil en la política. Sin embargo, acepto cierta equivalencia entre el acto de fe que implica que las FARC actúen bien, y el prejuicio que implica la certeza de que actuarán mal.

Para la religión cristiana, la negociación con el mal no tiene sentido, y puede catalogarse como corrupción. Sin embargo, hay ciertos elementos en la religión (como el perdón, el arrepentimiento y la confesión)  que pueden ser útiles para salir de este problema.

Uno de los argumentos más importantes: (en mi opinión) una buena parte de los políticos que defienden el NO se han enriquecido gracias al conflicto. Temen las reformas del acuerdo pues saben que afectarán duramente sus negocios (ej: Lafourie y Cabal) Estos políticos, como es natural, no tienen otra alternativa más que inyectar mentiras a la discusión.

No sé si tomarme en serio la discusión sobre la justicia, pues como colombianos, estamos perfectamente acostumbrados a su inoperancia. Uribe ya demostró de amnistiar a 30 mil delincuentes y no exigirles nada a cambio disminuye los indices de violencia. Muchísimos ex paramilitares han sabido aprovechar muy bien su segunda oportunidad. Yo he conocido varios ejemplos.

¿Y la amenaza del chavismo? que el chavismo se transforme en amenaza y no exista la guerrilla es lo mejor que le podría suceder a este país. A lo mejor, para evitar que suban al poder, los políticos tradicionales tengan que trabajar por los colombianos y no para ellos mismos, al menos por una vez.
Share:

0 comentarios: