La tibieza como suposición de mesura




Alejandro Gaviria escribió un decálogo sobre la tibieza que ha despertado tanto simpatía como animadversión. Sus puntos son los siguientes.

Yo soy tibio

  1.         Intento mantener cierta provisionalidad en mis opiniones, cierta maleabilidad de pensamiento.
  2.         Creo que la lucha por la igualdad de condiciones y la dignidad humana debe respetar la inteligencia y el trabajo de quienes nos antecedieron.
  3.         Desconfío de los discursos fundacionales.  
  4.         Tengo una guía ambigua: “Ni resignación, ni desmesura”.
  5.         Entiendo que la derecha se aferra a la realidad y la izquierda, a las quimeras. A veces toca lo uno. A veces, lo otro.
  6.         Opino que la perfección es una idiotez, pero también que todas las instituciones son perfectibles.
  7.         Creo que, en la raíz de muchos problemas sociales, hay dilemas colectivos irresolubles, trágicos, sobre los que nunca nos pondremos de acuerdo.
  8.         Considero que las fallas de mercado deben evaluarse a la luz de las fallas de estado y viceversa.
  9.         No me hago muchas ilusiones con la política. Las adhesiones políticas no deberían ser una pasión desbordante.
  10.         Sé que la tibieza es una posición precaria. A todos nos atraen los extremos.

Al leerlo pensé en Erasmo, en una postura ideal del intelectual que decide rechazar el fanatismo de las posiciones tanto de derecha como de izquierda. Pensé en todo menos en un político, y aún menos en un ministro de salud. Mientras no tenga poder, un intelectual puede pensar lo que le dé la gana. Un ministro en cambio debe tomar decisiones, debe rebajarse a la acción, a la ejecución y en ello es inevitable una ideología.

 En el poder, en la acción, se rompe naturalmente lo que Gaviria defiende como tibieza.

 Claro que en la rivalidad hay una locura (o mejor dicho, una forma de estupidez) junto con una insensatez que bien podría explicar buena parte de nuestros problemas como sociedad.

 Cuando le preguntan al candidato Fajardo sobre el proceso de paz él prefiere no responder, anulando la posibilidad del elector de saber lo que realmente piensa. De ser elegido presidente, y cuando en el ejercicio de su poder tome una decisión, la tibieza desaparecerá, pero el daño será irremediable. En su búsqueda de ganar votos (la tibieza en su caso no tiene otro sentido) con electores de derecha y de izquierda, uno de los sectores saldrá decepcionado.

Sin embargo una respuesta es necesaria. No sé si aplaudir o desconfiar de un candidato que prefiere no mentir en plena campaña política. Fajardo bien podría tomar una posición en campaña y en ejercicio otra. Claro que su intención no es darle claridad al debate, si no disuadir múltiples votantes. Sin embargo, mantener ocultas sus verdaderas intenciones me parece tan peligroso como mentir descaradamente. Sobre todo si hablamos de política y poder, no de moral. La tibieza y el poder son incompatibles, pues ejercer el poder implica tomar una posición.

Y también desconfío de los discursos fundacionales.

La idea de que la derecha se aferra a la realidad y la izquierda a las quimeras es bastante discutible. Nadie en este país es tan utopista como Alejandro Ordoñez (en el mundo ideal de Alejandro, sólo caben cierto tipo de cristianos, cierto tipo de creyentes, y su antiliberalismo está la pulsión de discutir con la realidad y desechar por completo el espíritu de nuestro tiempo, de ahí su utópico anacronismo) En realidad, buena parte de los postulados de la derecha colombiana no son realistas si no más bien excluyentes. Aceptar que la sociedad se someta a lo excluyente es bastante utópico. Entre más cristiana es la derecha más quimérica es. Exactamente lo mismo sucede con la izquierda.

 Aceptar los males de la sociedad como expresiones de lo irreconciliable es una forma de resignación, una forma terrible de quietud. El revolucionario la consideraría una forma implícita de defensa del estatus quo, y en ello tendría razón.

 Para que un estado funcione, para que un estado sea legitimo no se puede ser tibio con los criminales, sin importar si son de derecha o de izquierda. En Colombia, sin embargo, hemos tenido que realizar concesiones. La gran diferencia entre Álvaro Uribe y Timochenko es que uno de ellos se sometió a un proceso de paz, a unas reglas dentro de la legalidad. El otro todavía carga con el peso de su propia impunidad.

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